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The Adventures of Sherlock Holmes

A. Conan Doyle


The Pictorial Key to the Tarot

Arthur Edward Waite


El Ingenioso Hidalgo D.Quijote de la Mancha, compuesto por --

by Miguel de CERVANTES SAAVEDRA

Excerpt:

Esta es, señores, la verdadera historia de mi tragedia: mirad y juzgad ahora si los suspiros que escuchastes, las palabras que oistes, y las lágrimas que de mis ojos salian tenian ocasion bastante para mostrarse en mayor abundancia; y considerada la calidad de mi desgracia, vereis que será en vano el consuelo , pues es imposible el remedio della. Solo os ruego (lo que con facilidad podreis y debeis hacer) que me aconsejeis dónde podre pasar la vida, sin que me acabe el temor y sobresalto que tengo de ser hallada de los que me buscan, que aunque sé que el mucho amor que mis padres me tienen me asegura que seré dellos bien recebida, es tanta la vergüenza que me ocupa solo el pensar que, no como ellos pensaban, tengo de parecer á su presencia, que tengo por mejor desterrarme para siempre de ser vista, que no verles el rostro con pensamiento que ellos miran el mio ageno de la honestidad que de mi se debian de tener prometida. Calló en diciendo esto, y el rostro se le cubrió de un color que mostró bien claro el sentimiento y vergüenza del alma: En las suyas sintieron los que escuchado la habian tanta lástima como admiracion de su desgracia; y aunque luego quisiera el cura consolarla y aconsejarla, tomó primero la mano Cardenio diciendo: en fin, señora, ¿ que tú eres la hermosa Dorotea, la hija única del rico Clenardo? Admirada quedó Dorotea cuando oyó el nombre de su padre, y de ver cuan de poco era el que le nombraba, porque ya se ha dicho de la mala manera que Cardenio estaba vestido, y asi le dijo: ¿ y quién sois vos, hermano, que asi sabeis el nombre de mi padre? porque yo hasta ahora, si mal no me acuerdo, en todo el discurso del cuento de mi desdicha no le he nombrado. Soy, respondió Cardenio, aquel sin ventura, que segun vos, señora,habeis dicho, Luscinda dijo que era su esposo: soy el desdichado Cardenio , á quien el mal término de aquel que á vos os ha puesto en el que estais, me ha traido á que me veais cual me veis, roto, desnudo, falto de todo humano consuelo, y lo que es peor de todo, falto de juicio, pues no le tengo sino cuando al cielo se le antoja dármele por algun breve espacio. Yo, Dorotea, soy el que me hallé presente á las sinrazones de D. Fernando, y el que aguardó á oif el que de ser su esposa pronunció Luscinda: yo soy el que no tuvo ánimo para ver en qué paraba su desmayo, ni lo que resultaba del papel que le fue hallado en el pecho, porque no tuvo el alma sufrimiento para ver tantas desventuras juntas, y asi dejé la casa y la paciencia , y una carta que dejé á un huesped mio, á quien rogué que en manos de Luscinda la pusiese, y vineme á estas soledades con intencion de acabar en ellas la vida, que desde aquel punto 4 aborreci como mortal enemiga mia; mas no ha querido la suerte quitármela, contentándose con quitarme el juicio, quizá por guardarme para la buena ventura que he tenido en hallaros; pues siendo verdad, como creo que lo es, lo que aqui habeis contado, aun podria ser que á entrambos nos tuviese el cielo guardado mejor suceso en nuestros desastres, que nosotros pensamos: porque presupuesto que Luscinda no puede casarse con D. Fernando por ser mia, ni D. Fernando con ella por ser vuestro , y haberlo ella tan manifiestamente declarado , bien podemos esperar que el cielo nos restituya lo que es nuestro, pues está todavia en ser, y no se ha enagenado ni deshecho: y pues este consuelo tenemos, nacido no de muy remota esperanza, ni fundado en desvariadas imaginaciones, suplicoos, señora, que tomeis otra resolucion en vuestros honrados pensamientos, pues yo la pienso tomar en los mios, acomodándoos á esperar mejor fortuna; que yo os juro por la fe de caballero y de cristiano de no desampararos hasta veros en poder de D. Fernando, y que cuando con razones no le pudiere atraer á que conozca lo que os debe, de usar entonces la libertad que me concede el ser caballero, y poder con justo titulo desafialle en razon de la sinrazon que os hace, sin acordarme de mis agravios, cuya venganza dejaré al cielo por acudir en la tierra á los vuestros. Con lo que Cardenio dijo se acabó de admirar Dorotea , y por no saber qué gracias volver á tan grandes ofrecimientos quiso tomarle los pies para besárselos, mas no lo consintió Cardenio; y el licenciado respondió por entrambos, y aprobó el buen discurso de Cardenio, y sobre todo les rogó, aconsejó y persuadió que se fuesen con él á su aldea, donde se podrian reparar de las cosas que les faltaban, y que alli se daria orden como buscar á D. Fernando , ó como llevar á Dorotea á sus padres , ó hacer lo que mas les pareciese conveniente. Cardenio y Dorotea se lo agradecieron , y acetaron la merced que se les oírecia. El barbero, que á todo habia estado suspenso y callado, hizo tambien su buena plática, y se ofreció con no menos voluntad que el cura á todo aquello que fuese bueno para servirles: contó asimismo con brevedad la causa que alli los habia traido, con la extrañeza de la locura de D. Quijote, y como aguardaban á su escudero, que habia ido á buscalle. Vinosele á la memoria á Cardenio como por sueños la pendencia que con D. Quijote habia tenido, y contola á los demas; mas no supo decir por qué causa fue su cuestion. En esto oyeron voces, y conocieron que el que las daba era Sancho Panza, que por no haberlos hallado en el lugar donde los dejo los llamaba á voces: saliéronle al encuentro , y preguntándole por D. Quijote, les dijo como le habia hallado desnudo en camisa, flaco, amarillo y muerto de hambre, y suspirando por su señora Dulcinea: y que puesto que le habia dicho que ella le mandaba que saliese de aquel lugar, y se fuese al del Toboso donde le quedaba esperando, habia respondido que estaba determinado de no parecer ante su fer. mosura fasta que hobiese fecho fazañas que le ficiesen digno de su gracia; y que si aquello pasaba adelante corria peligro de no venir á ser emperador como estaba obligado, ni aun arzobispo, que era lo menos que podia ser : por eso, que mirasen lo que se habia de hacer para sacarle de alli. El licenciado le respondió que no tuviese pena, que ellos le sacarian de alli mal que le pesase. Contó luego á Cardenio y á Dorotea lo que tenian pensado para remedio de D. Quijote, á lo menos para llevarle á su casa: á lo cual dijo Dorotea, que ella haria la doncella menesterosa mejor que el barbero, y mas que tenia alli vestidos con que hacerlo al natural, y que la dejasen el cargo de saber representar todo aquello que fuese menester para llevar adelante su intento, porque ella habia leido muchos libros de caballerias, y sabia bien el estilo que tenian las doncellas cuitadas cuando pedian sus dones á los andantes caballeros. Pues no es menester mas, dijo el cura, sino que luego se ponga por obra, que sin duda la buena suerte se muestra en favor mio, pues tan sin pensarlo á vosotros, señores, se os ha comenzado á abrir puerta para vuestro remedio , y á nosotros se nos ha facilitado la que habíamos menester. Saco luego Dorotea de su almohada una saya entera de cierta telilla rica, y una mantellina de otra vistosa tela verde , y de una cajita un collar y otras joyas, con que en un instante se adorno de manera, que una rica y gran señora parecia. Todo aquello, y mas, dijo que habia sacado de su casa para lo que se ofreciese, y que hasta entonces no se le habia ofrecido ocasion de habello menester. A todos contentó en extremo su mucha gracia, donaire y hermosura, y confirmaron á D. Fernando por de poco conocimiento, pues tanta belleza desechaba; pero el que mas se admiró fue Sancho Panza, por parecerle (como era asi verdad) que en todos los dias de su vida habia visto tan hermosa criatura; y asi preguntó al cura con grande ahinco le dijese quién era aquella tan fermosa señora, y qué era lo que buscaba por aquellos andurriales. Esta hermosa señora, respondió el cura, Sancho hermano, es como quien no dice nada, es la heredera por linea recta de varon del gran reino de Micomicon, la cual viene en busca de vuestro amo á pedirle un don, el cual es que le desfaga un tuerto ó agravio que un mal gigante le tiene fecho; y á la fama que de buen caballero vuestro amo tiene por todo lo descubierto , de Guinea ha venido á buscarle esta princesa. Dichosa buscada y dichoso hallazgo, dijo á esta sazon Sancho Panza, y mas si mi amo es tan venturoso que desfaga ese agravio y enderece ese tuerto matando á ese hideputa dese gigante que vuestra merced dice , que si matará si él le encuentra, si ya no fuese fantasma, que contra las fantasmas no tiene mi señor poder alguno. Pero una cosa quiero suplicar á vuestra merced entre otras, señor licenciado, y es que porque á mi amo no le tome gana de ser arzobispo, que es lo que yo temo, que vuestra merced le aconseje que se case luego con esta princesa, y asi quedará imposibilitado de recebir órdenes arzobispales , y vendrá con facilidad á su imperio , y yo al fin de mis deseos: que yo he mirado bien en ello, y hallo por mi cuenta que no me está bien que mi amo sea arzobispo, porque yo soy inutil para la iglesia, pues soy casado, y andarme ahora á traer dispensaciones para poder tener renta por la iglesia, teniendo como tengo muger y hijos, seria nunca acabar: asi que, señor, todo el toque está en que mi amo se case luego con esta señora, que hasta ahora no sé su gracia, y asi no la llamo por su nombre. Llámase, respondió el cura, la princesa Micomicona, porque llamándose su reino Micomicon, claro está que ella se ha de llamar asi. No hay duda en eso, respondió Sancho, que yo he visto á muchos tomar el apellido y alcurnia del lugar donde nacieron, llamándose Pedro de Alcalá, Juan de Ubeda y Diego de Valladolid, y esto mesmo sé debe de usar allá en Guinea tomar las .reinas los nombres de sus reinos. Asi debe de ser, dijo el cura, y en lo del casarse vuestro amo, y o haré en ello todos mis poderios: con lo que quedó tan contento Sancho, cuanto el cura admirado de su simplicidad, y de ver cuan encajados tenia en la fantasia los mismos disparates que su amo, pues sin alguna duda se daba á entender que habia de venir á ser emperador. Ya en esto se habia puesto Dorotea sobre la muia del cura, y el barbero se habia acomodado al rostro la barba de la cola de buey, y dijeron á Sancho que los guiase adonde D. Quijote estaba, al cual advirtieron que no dijese que conocia al licenciado ni al barbero, porque en no conocerlos consistia todo el toque de venir á ser emperador su amo, puesto que ni el cura ni Cardenio quisieron ir con ellos porque no se le acordase á Don Quijote la pendencia que con Cardenio habia tenido, y el cura porque no era menester por entonces su presencia, y asi los dejaron ir delante , y ellos los fueron siguiendo á pie poco á poco. No dejó de avisar el cura lo que habia de hacer Dorotea: á lo que ella dijo que descuidasen, que todo se haria sin faltar punto como lo pedian y pintaban los libros de caballerias. Tres cuartos de legua habrian andado cuando descubrieron á D. Quijote entre unas intricadas peñas, ya vestido, aunque no armado, y asi como Dorotea le vió, y fue informada de Sancho que aquel era D. Quijote, dió del azote á su palafren, siguiéndole el bien barbado barbero; y en llegando junto á él el escudero se arrojó de la muia y fue á tomar en los brazos á Dorotea,


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